Las otras caras del selfie
Las otras caras del selfie
Toda vida está tejida sobre una urdimbre de enigmas,
incluso (o más aún) la propia. Para los amantes de la fotografía, especialmente
para los que nos gusta contemplar retratos antiguos, esto es bastante obvio.
Cuántas veces nos hemos quedado atrapados por el magnetismo de una imagen bajo
la sospecha de que el rostro encerrado al otro lado esconde una verdad oculta.
Y cuántas veces, absortos frente a ella, hemos creído, ilusos, que a fuerza de
mirar atentamente lograríamos desentrañar alguna de las aristas de ese misterio.
De alguna manera, el retrato fotográfico es un
documento del alma, ya que recoge esos gestos irrepetibles, esas miradas y
expresiones que suelen pasar desapercibidas en la vida cotidiana. Al capturar
esta íntima gestualidad, una fotografía es capaz de transportarnos a un estado
de ánimo específico que nos da la tonalidad afectiva del momento en que fue
tomada. Nos referimos aquí a estado de ánimo como cualidad estética, siguiendo
la concepción que los románticos alemanes daban al Stimmung, esa especie de atmósfera que se extiende como una
nebulosa hasta impregnarlo todo. En realidad, cuando escudriñamos los rostros
de antaño, ya sea el de un desconocido o el nuestro que nos interpela desde
algún lugar oscuro de ese gran misterio que es el pasado, nos estamos
enfrentando a los aspectos insondables de nosotros mismos.
La historia del arte ha contemplado tradicionalmente
el autorretrato, ya sea pictórico o fotográfico, como una expresión de la
autobiografía, permitiendo al artista recrear los aspectos más recónditos de su
personalidad, de su mundo emocional. Hoy el autorretrato en forma de autofoto o
selfie se refiere a la acción de
hacerse a sí mismo un retrato digital para publicitarlo en redes sociales. Esta
práctica ha revolucionado la historia de la fotografía al punto de convertirse
en un género en sí mismo, de forma que hablamos ya de una “cultura selfie” a nivel global en la que cada
día se suben más de 100 millones de autofotos a Facebook, Twitter, Instagram,
etc. Tal masificación nos obliga a revisar nuestro concepto de biografía y de autobiografía,
así como las relaciones entre la memoria, la identidad individual, el cuerpo y
sus representaciones. Nos obliga también a hacer preguntas sobre los tiempos
venideros, en que habrá personas para quienes los selfies serán auténticas pruebas de existencia, el testimonio más
firme de haber vivido.
Pero el selfie
no es en absoluto una práctica banal o irracional. En realidad, se trata de
un género profundamente reflexivo. Por primera vez en la historia de la
fotografía la relación entre quien hace la foto y el aparato fotográfico es
totalmente transparente. Quien hace el retrato es al mismo tiempo el objeto
retratado y ambos están en constante comunicación con el dispositivo que media
entre ellos. Ambos son absolutamente conscientes del instante en el que la foto
será tomada, esa milésima de segundo en que el click de la cámara o del móvil congelará la imagen. Podríamos decir
entonces que el selfie nos devuelve rostros
absolutamente reflexivos.
Y es precisamente en
esa reflexividad donde quizás nos hayamos perdido. El exceso de conciencia ha
diluido todo el misterio que en las fotos antiguas envolvía la intimidad del
alma, esa gestualidad espontánea que marcaba la vida interior y que sólo la
cámara – en tanto aparato manejado por otro – lograba hacer visibles. La cámara
lograba así desenmascarar aspectos escondidos de la psique, esos aspectos
ocultos e inconscientes del mundo de los que nos habló a principios del siglo
veinte Béla Balázs.
El resultado de este exceso de reflexividad es una
tendencia a disociarnos, a desconectarnos de la realidad que nos rodea, la cual
se convierte en un mero marco decorativo totalmente ajeno al yo retratado. El selfie se convierte así en una especie
de “cromo” donde coleccionamos coordenadas espaciotemporales cuya única función
respecto a nuestra vida interior es la del decorado. Monumentos, lugares, reuniones,
comidas, momentos más o menos olvidables, paisajes, paisanajes: cualquier
excusa es buena. Fabricamos así, con cada selfie,
una especie de biografía a la carta donde no hay nada más allá de la puesta en
escena.
Estos “cromos” ya no son documentos de vida, en
tanto que no admiten interpretación: son única y exclusivamente representación.
Cualquier momento de goce requiere que automáticamente echemos la mano al
bolsillo y saquemos el móvil, como en un acto reflejo. Y si el placer no está ahí
lo fabricamos, ya que todo instante de la vida, hasta los más anodinos como
tomarse un café por la mañana en la intimidad de una cocina, puede enmascararse
con la emoción deseada. Sufrimos así una especie de esquizofrenia en la que el
yo proyectado se impone al yo presente, indicándole cómo debe sentirse. Así
creamos una compleja red de relaciones psicológicas donde el yo gozante se
posiciona como un gran tirano que acaba por operar una desnaturalización del
rostro. El selfie se convierte así en
una práctica ritualizada, un semblante convertido en mapa de cotas sin relieve,
una sonrisa que se congela en mueca, en definitiva, una cara devenida en
emoticono.
Y si ya no hay margen para la interpretación, el selfie no tiene nada que decir sobre la historia
de las personas. De alguna manera, ha dejado a un lado la cuestión fundamental
sobre la que descansa todo el entramado de la existencia: la pregunta por el
tiempo. Esta pregunta no se refiere, como es obvio, al tiempo objetivo de los
relojes, sino al de la memoria, y no se define por la sucesión sino por la
condensación.
Por ejemplo, el intervalo que media entre el Tolstoi
que aparece aquí junto a Gorki y la siguiente imagen que conservamos de él es
nada menos que la vida en sus
aspectos más intensos. Y cuando nos topamos con la siguiente imagen, ya ha
ocurrido lo inevitable: una ruptura, una mudanza, una confesión, la muerte de
un ser querido… y otra vez el rostro, que ya no es el mismo, sobre la
superficie de la imagen, con la mirada perdida, más o menos consciente de la
presencia del aparato y probablemente muy poco consciente del momento preciso
en que la imagen de sí quedara impresa. Todo el misterio de una vida está en
esos intervalos entre foto y foto, donde habita en potencia la memoria.
Pero hoy asistimos a un fenómeno devastador: el
álbum de fotos ha muerto. No sólo hemos perdido toda limitación en el número de
fotos sino también el soporte que daba fe de los intervalos, esos espacios que
cobran en la memoria individual y colectiva el valor de experiencia vivida. Sin
el álbum, cómo apelar a la densidad del recuerdo.
Pongamos un ejemplo más cercano: mi padre. Las fotos
que se conservan de él son muy pocas, no llegarán a cien. Y con una vida tan
dispersa como fue la suya, marcada por la migración, recopilarlas es toda una
hazaña. Aún puede ocurrir que un día encuentre por casualidad en alguna caja
olvidada, en el álbum de una tía lejana o incluso en algún recorte de revista, una
nueva foto de él, la cual habré de insertar cuidadosamente en la extraña
cronología de un álbum eternamente interrumpido. Porque esta nueva imagen no
será un mero eslabón en una cadena de eventos sino una perspectiva totalmente
insólita – un nuevo rostro, podríamos decir – que modifica algún elemento
sustancial del pasado, añadiendo o sustrayendo algún dato fundamental y sobre
todo, dilatando mi memoria de él. Ocurre lo mismo cuando por casualidad
encuentro alguna foto perdida de mi infancia: algo se dilata en la duración de
mi vida. Si pienso en el álbum de mis abuelos la condensación es aún mayor, más
largos y profundos los intervalos, más denso el misterio.
El álbum, además de poner de relieve estos
intervalos, nos forzaba a ejercitar la memoria, a agrupar fotos de una manera
determinada, a dar sentido a esas agrupaciones. En definitiva, se trataba de un
ejercicio de narración de la memoria.
No puedo evitar preguntarme cómo será la experiencia de mi hija cuando de mayor
se enfrente a su propia biografía, con un número de fotos que sin duda superará
el tiempo que tendrá para mirarlas. En efecto, la densidad del archivo superará
la densidad del recuerdo. Cómo se las arreglará para componer el álbum de su
vida en un mundo donde los límites del almacenamiento ya son infinitos.
Pero la cultura
selfie no tiene vocación de posteridad. Si el álbum de fotos era el símbolo
de la condensación de la memoria, la cultura
selfie parece sustentarse en una debilitación de esta. El selfie no está hecho para ser
desentrañado, pues no encubre nada que pueda algún día convertirse en un enigma
sobre el pasado. Por el contrario, el selfie
es comunicación de inmediatez, un presente que se proyecta indefinidamente
hacia el futuro. Subimos fotos sin parar, una tras otra, cada semana, cada día,
cada hora, sustituyendo continuamente unas por otras en una renovadora sucesión
de presencias. Y este presente constantemente actualizado es en nuestra
biografía lo mismo que un destello fugaz e incluso falaz, en tanto que se trata
en todo caso de una foto pensada para ser publicada, expresando no tanto un
estado de ánimo actual, sino la imagen que queremos proyectar ante una
audiencia que no aún está presente.
Pero entonces, si la cultura selfie no puede ofrecer ninguna información relevante sobre
nuestra alma, ¿dónde buscar hoy lo insondable de nosotros mismos?
Tal vez en esa cara que nos interpela de repente
desde un espejo colocado en un lugar insólito y que nos devuelve una expresión
desconocida ya para nosotros, o ese reflejo que aparece de repente en la
ventana del autobús y nos toma por sorpresa, una cara muy distinta de la
sonrisa selfie con la que nos hemos
acostumbrado a representarnos. Son esas otras versiones de nosotros mismos a
las que estamos cada vez menos expuestos y que sólo vuelven a nosotros
furtivamente, casi como una traición. Ese rostro que aparece frente a nosotros
cuando se funde a negro la pantalla de nuestro portátil, que nos devuelve la
imagen de un total desconocido (¿nuestro rostro verdadero?) y que nos obliga a
enfrentarnos cara a cara con nuestro yo más íntimo. Quizás sean esos reflejos
no pensados ni planeados los que nos dan la pulsión de nuestro tiempo, en el
que los intervalos son más breves que nunca y los espacios vacíos cada vez más
angostos y temidos.
Referencia:
Vanesa Ledesma Urruti, “Las otras caras del selfie”, en 142 Revista Cultural, Barcelona. Marzo, 2019.
https://142revistacultural.blog/2019/10/14/acaba-de-publicarse-en-papel-el-numero-3/

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