Las otras caras del selfie

Las otras caras del selfie

 



El espacio se mide por el tiempo.

J.L. Borges 






Toda vida está tejida sobre una urdimbre de enigmas, incluso (o más aún) la propia. Para los amantes de la fotografía, especialmente para los que nos gusta contemplar retratos antiguos, esto es bastante obvio. Cuántas veces nos hemos quedado atrapados por el magnetismo de una imagen bajo la sospecha de que el rostro encerrado al otro lado esconde una verdad oculta. Y cuántas veces, absortos frente a ella, hemos creído, ilusos, que a fuerza de mirar atentamente lograríamos desentrañar alguna de las aristas de ese misterio.

De alguna manera, el retrato fotográfico es un documento del alma, ya que recoge esos gestos irrepetibles, esas miradas y expresiones que suelen pasar desapercibidas en la vida cotidiana. Al capturar esta íntima gestualidad, una fotografía es capaz de transportarnos a un estado de ánimo específico que nos da la tonalidad afectiva del momento en que fue tomada. Nos referimos aquí a estado de ánimo como cualidad estética, siguiendo la concepción que los románticos alemanes daban al Stimmung, esa especie de atmósfera que se extiende como una nebulosa hasta impregnarlo todo. En realidad, cuando escudriñamos los rostros de antaño, ya sea el de un desconocido o el nuestro que nos interpela desde algún lugar oscuro de ese gran misterio que es el pasado, nos estamos enfrentando a los aspectos insondables de nosotros mismos.



Esta foto de Tolstoi y Gorki en Yásnaia Polyana, finca donde el primero se crió, permaneció toda su vida y murió, nos transporta más allá del mero dato biográfico hacia un determinado instante vital que aparece reflejado en toda su intensidad. Se trata de una imagen captada por una tercera persona que no vemos, ya que ha quedado proscrita a ese punto de opacidad que ha sido tradicionalmente relegado al otro lado de la cámara. Pero ante todo, la foto refleja un particular misterio condensado en los gestos que conforman su atmósfera. Porque, ¿qué significa la mirada melancólica de Gorki que se pierde entre la maleza? ¿O esa otra mirada más elevada hacia el horizonte, la de Tolstoi? ¿De qué tipo de instante se trata? Es tal vez una inocente pausa en el paseo vespertino, hecha expresamente para la foto o, por el contrario, un brusco descanso propiciado por la tensión de un pensamiento vertido en voz alta, una de esas intuiciones implacables que se abaten sobre la conciencia de tal modo que obligan al cuerpo a detenerse. Y si fue así, ¿de qué estarían hablando entonces Tolstoi y Gorki en ese preciso instante? En efecto, el gran enigma de esta imagen radica en el tema, el tono y el temple de una conversación perdida hoy para nosotros. 

Pero, ¿cómo retratar la atmósfera o el “alma” del propio rostro cuando es uno mismo quien pulsa el botón?

La historia del arte ha contemplado tradicionalmente el autorretrato, ya sea pictórico o fotográfico, como una expresión de la autobiografía, permitiendo al artista recrear los aspectos más recónditos de su personalidad, de su mundo emocional. Hoy el autorretrato en forma de autofoto o selfie se refiere a la acción de hacerse a sí mismo un retrato digital para publicitarlo en redes sociales. Esta práctica ha revolucionado la historia de la fotografía al punto de convertirse en un género en sí mismo, de forma que hablamos ya de una “cultura selfie” a nivel global en la que cada día se suben más de 100 millones de autofotos a Facebook, Twitter, Instagram, etc. Tal masificación nos obliga a revisar nuestro concepto de biografía y de autobiografía, así como las relaciones entre la memoria, la identidad individual, el cuerpo y sus representaciones. Nos obliga también a hacer preguntas sobre los tiempos venideros, en que habrá personas para quienes los selfies serán auténticas pruebas de existencia, el testimonio más firme de haber vivido.

Pero el selfie no es en absoluto una práctica banal o irracional. En realidad, se trata de un género profundamente reflexivo. Por primera vez en la historia de la fotografía la relación entre quien hace la foto y el aparato fotográfico es totalmente transparente. Quien hace el retrato es al mismo tiempo el objeto retratado y ambos están en constante comunicación con el dispositivo que media entre ellos. Ambos son absolutamente conscientes del instante en el que la foto será tomada, esa milésima de segundo en que el click de la cámara o del móvil congelará la imagen. Podríamos decir entonces que el selfie nos devuelve rostros absolutamente reflexivos.

Y es precisamente en esa reflexividad donde quizás nos hayamos perdido. El exceso de conciencia ha diluido todo el misterio que en las fotos antiguas envolvía la intimidad del alma, esa gestualidad espontánea que marcaba la vida interior y que sólo la cámara – en tanto aparato manejado por otro – lograba hacer visibles. La cámara lograba así desenmascarar aspectos escondidos de la psique, esos aspectos ocultos e inconscientes del mundo de los que nos habló a principios del siglo veinte Béla Balázs.

El resultado de este exceso de reflexividad es una tendencia a disociarnos, a desconectarnos de la realidad que nos rodea, la cual se convierte en un mero marco decorativo totalmente ajeno al yo retratado. El selfie se convierte así en una especie de “cromo” donde coleccionamos coordenadas espaciotemporales cuya única función respecto a nuestra vida interior es la del decorado. Monumentos, lugares, reuniones, comidas, momentos más o menos olvidables, paisajes, paisanajes: cualquier excusa es buena. Fabricamos así, con cada selfie, una especie de biografía a la carta donde no hay nada más allá de la puesta en escena.

Estos “cromos” ya no son documentos de vida, en tanto que no admiten interpretación: son única y exclusivamente representación. Cualquier momento de goce requiere que automáticamente echemos la mano al bolsillo y saquemos el móvil, como en un acto reflejo. Y si el placer no está ahí lo fabricamos, ya que todo instante de la vida, hasta los más anodinos como tomarse un café por la mañana en la intimidad de una cocina, puede enmascararse con la emoción deseada. Sufrimos así una especie de esquizofrenia en la que el yo proyectado se impone al yo presente, indicándole cómo debe sentirse. Así creamos una compleja red de relaciones psicológicas donde el yo gozante se posiciona como un gran tirano que acaba por operar una desnaturalización del rostro. El selfie se convierte así en una práctica ritualizada, un semblante convertido en mapa de cotas sin relieve, una sonrisa que se congela en mueca, en definitiva, una cara devenida en emoticono.

Y si ya no hay margen para la interpretación, el selfie no tiene nada que decir sobre la historia de las personas. De alguna manera, ha dejado a un lado la cuestión fundamental sobre la que descansa todo el entramado de la existencia: la pregunta por el tiempo. Esta pregunta no se refiere, como es obvio, al tiempo objetivo de los relojes, sino al de la memoria, y no se define por la sucesión sino por la condensación.

Por ejemplo, el intervalo que media entre el Tolstoi que aparece aquí junto a Gorki y la siguiente imagen que conservamos de él es nada menos que la vida en sus aspectos más intensos. Y cuando nos topamos con la siguiente imagen, ya ha ocurrido lo inevitable: una ruptura, una mudanza, una confesión, la muerte de un ser querido… y otra vez el rostro, que ya no es el mismo, sobre la superficie de la imagen, con la mirada perdida, más o menos consciente de la presencia del aparato y probablemente muy poco consciente del momento preciso en que la imagen de sí quedara impresa. Todo el misterio de una vida está en esos intervalos entre foto y foto, donde habita en potencia la memoria.

Pero hoy asistimos a un fenómeno devastador: el álbum de fotos ha muerto. No sólo hemos perdido toda limitación en el número de fotos sino también el soporte que daba fe de los intervalos, esos espacios que cobran en la memoria individual y colectiva el valor de experiencia vivida. Sin el álbum, cómo apelar a la densidad del recuerdo.

Pongamos un ejemplo más cercano: mi padre. Las fotos que se conservan de él son muy pocas, no llegarán a cien. Y con una vida tan dispersa como fue la suya, marcada por la migración, recopilarlas es toda una hazaña. Aún puede ocurrir que un día encuentre por casualidad en alguna caja olvidada, en el álbum de una tía lejana o incluso en algún recorte de revista, una nueva foto de él, la cual habré de insertar cuidadosamente en la extraña cronología de un álbum eternamente interrumpido. Porque esta nueva imagen no será un mero eslabón en una cadena de eventos sino una perspectiva totalmente insólita – un nuevo rostro, podríamos decir – que modifica algún elemento sustancial del pasado, añadiendo o sustrayendo algún dato fundamental y sobre todo, dilatando mi memoria de él. Ocurre lo mismo cuando por casualidad encuentro alguna foto perdida de mi infancia: algo se dilata en la duración de mi vida. Si pienso en el álbum de mis abuelos la condensación es aún mayor, más largos y profundos los intervalos, más denso el misterio.

 

El álbum, además de poner de relieve estos intervalos, nos forzaba a ejercitar la memoria, a agrupar fotos de una manera determinada, a dar sentido a esas agrupaciones. En definitiva, se trataba de un ejercicio de narración de la memoria. No puedo evitar preguntarme cómo será la experiencia de mi hija cuando de mayor se enfrente a su propia biografía, con un número de fotos que sin duda superará el tiempo que tendrá para mirarlas. En efecto, la densidad del archivo superará la densidad del recuerdo. Cómo se las arreglará para componer el álbum de su vida en un mundo donde los límites del almacenamiento ya son infinitos.

Pero la cultura selfie no tiene vocación de posteridad. Si el álbum de fotos era el símbolo de la condensación de la memoria, la cultura selfie parece sustentarse en una debilitación de esta. El selfie no está hecho para ser desentrañado, pues no encubre nada que pueda algún día convertirse en un enigma sobre el pasado. Por el contrario, el selfie es comunicación de inmediatez, un presente que se proyecta indefinidamente hacia el futuro. Subimos fotos sin parar, una tras otra, cada semana, cada día, cada hora, sustituyendo continuamente unas por otras en una renovadora sucesión de presencias. Y este presente constantemente actualizado es en nuestra biografía lo mismo que un destello fugaz e incluso falaz, en tanto que se trata en todo caso de una foto pensada para ser publicada, expresando no tanto un estado de ánimo actual, sino la imagen que queremos proyectar ante una audiencia que no aún está presente.

Pero entonces, si la cultura selfie no puede ofrecer ninguna información relevante sobre nuestra alma, ¿dónde buscar hoy lo insondable de nosotros mismos?

Tal vez en esa cara que nos interpela de repente desde un espejo colocado en un lugar insólito y que nos devuelve una expresión desconocida ya para nosotros, o ese reflejo que aparece de repente en la ventana del autobús y nos toma por sorpresa, una cara muy distinta de la sonrisa selfie con la que nos hemos acostumbrado a representarnos. Son esas otras versiones de nosotros mismos a las que estamos cada vez menos expuestos y que sólo vuelven a nosotros furtivamente, casi como una traición. Ese rostro que aparece frente a nosotros cuando se funde a negro la pantalla de nuestro portátil, que nos devuelve la imagen de un total desconocido (¿nuestro rostro verdadero?) y que nos obliga a enfrentarnos cara a cara con nuestro yo más íntimo. Quizás sean esos reflejos no pensados ni planeados los que nos dan la pulsión de nuestro tiempo, en el que los intervalos son más breves que nunca y los espacios vacíos cada vez más angostos y temidos.



Referencia: 

Vanesa Ledesma Urruti, “Las otras caras del selfie”, en 142 Revista Cultural, Barcelona. Marzo, 2019.

https://142revistacultural.blog/2019/10/14/acaba-de-publicarse-en-papel-el-numero-3/


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