Austerlitz y el tiempo granulado
“… con la esperanza…
de que todos los momentos de tiempo coexistieran simultáneamente, o más bien de
que nada de lo que la historia cuenta fuera cierto, lo sucedido no hubiera
sucedido aún, sino que sucederá sólo en el momento en que pensemos en ello, lo
que, naturalmente, abre por otra parte la desoladora perspectiva de una miseria
continua y un dolor que nunca cese…”
1.
Podríamos
figurarnos el paso del tiempo como un péndulo que con ritmo de tic-tac oscila de
izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Si grabáramos esta imagen con una
cámara y la reprodujéramos al revés, no habría diferencia. Y si hiciésemos lo
mismo, por ejemplo, con el movimiento de los planetas alrededor del Sol y
proyectáramos sus órbitas en sentido contrario, tampoco pasaría nada. Para la
física, la distinción entre pasado y futuro es inexistente, no aparece
reflejada en ninguna de sus leyes, de forma que podríamos revertir las
ecuaciones de la mecánica de Newton o de la física de Einstein y aplicarlas
hacia atrás; no cambiaría nada. Solo la segunda ley de la termodinámica nos
habla de un aumento de la entropía a medida que pasa el tiempo, de donde todo
momento pasado se distingue del futuro por una especie de fricción sin la cual,
el pasado no podría dejar ninguna huella (Carlo Rovelli).
Sin
embargo, para los seres humanos, que vivimos el tiempo, este tiene un aplastante
carácter unidireccional; transcurre siempre de atrás hacia adelante, de antes a
después. No hay ninguna duda: el recuerdo de aquel encuentro furtivo una pálida
tarde de febrero cuando nos vimos a solas por primera vez no tiene nada que
ver, es radicalmente distinto, a la anticipación por volver a verte después de tantos
años, pese a que ambos, el recuerdo de lo sucedido y la prefiguración de lo aún
por suceder, generen la misma agitación en el pulso, el mismo calor en las
mejillas, la misma energía mental y corporal, en fin, el mismo desorden. No cabe
duda y sin embargo, nadie sabría explicar claramente la distinción entre estas
dos imágenes intangibles que, proyectada una hacia el pasado y la otra hacia el
futuro, ambas se disuelven en esa sustancia apenas definible que es el tiempo.
Una de ellas, decimos comúnmente, la guardamos en nuestra memoria, en ese
indispensable cajón donde va a parar lo acumulado. La otra no. La otra está
como flotando en un mar indefinido de expectativas bajo la rúbrica de lo no
acontecido.
Pero
si, como reza la famosa sentencia del gran matemático Herman Weyl, el mundo
objetivo no acontece sino que
simplemente es, y por tanto nuestra
apreciación meramente subjetiva de lo sucedido no es prueba fehaciente sobre la
que cimentar el pasado, es decir, si la conciencia del paso del tiempo no puede
por sí sola dar cuenta de que algo nos ha ocurrido realmente, ¿dónde encontrar
entonces las pruebas de que hemos existido? Esta parece ser la gran pregunta
que vertebra Austerlitz, la
extraordinaria novela que G. W. Sebald nos dejó en 2001 poco antes de su
trágica muerte. Se trata de una pregunta que, para aquellos que están bien
afianzados en el mundo, aquellos que “hacen pie” en su momento histórico, puede
resultar poco relevante y sin embargo, es especialmente significativa para los
que, por una razón u otra, viven en los márgenes del tiempo, los desterrados, los
emigrados, los huérfanos, los exiliados, los supervivientes, los que, en
palabras de María Zambrano, estaban
destinados a morir pero la muerte ha rechazado. Y eso es justamente Austerlitz,
el personaje que da nombre a la novela: un superviviente, un hombre reducido a
su mínima expresión. En sentido estricto, un desconocido.
2.
Un
narrador queda fascinado por un personaje del cual no sabe nada. Se trata de un
extraño que, como un actor de teatro, aparece y desaparece tras las bambalinas
de distintos decorados, cada uno de ellos en una coordenada espacio-temporal
distinta, pero todos asentados sobre un mismo proscenio que es Europa. El
narrador, como si fuera un apuntador, refiere siempre a otra vida que se cuenta
en diferido y cuya prueba más sólida es la foto de un niño disfrazado de paje
para un baile de máscaras en la Praga de 1941. Sin duda, hay algo de teatral en
Austerlitz, pero no estamos ante una obra dramática.
Cada
uno de estos encuentros entre el narrador y el misterioso personaje es como la
pieza de un puzle cuya compleción apenas importa. Del narrador, el lector no
llega a saber apenas nada, igual que de Austerlitz, cuyas señas de identidad,
borradas por el devenir histórico, apenas son perceptibles incluso para sí
mismo. El halo de misterio que cubre tanto al narrador como al personaje queda
diluido en el vago protagonismo que ambos comparten y que al mismo tiempo
parecen esquivar. Como rehuyendo la luz directa del foco narrativo, ambos se
esconden tras una maraña de digresiones semejante a la red ferroviaria que
conecta las ciudades europeas. Y a pesar de todos los enigmas, Austerlitz es
una novela que poco tiene de detectivesca.
Mientras
tanto, la narración se disgrega, se ramifica en vagos recorridos por suelo
europeo donde se suceden varias citas con la historia, especialmente de los
siglos diecinueve y veinte. De la mano de Austerlitz visitamos palacios,
fortalezas, estaciones, cementerios, el zoo de Amberes, el balneario de
Marienbad en Bohemia, el Great Eastern Hotel, recorremos las calles nocturnas
de Londres, nos paramos ante las fachadas, observamos, como un turista que
deambula sin un objetivo claro, el trasiego de gente que va y viene por los
andenes o que dormita en las salas de espera de distintas estaciones, Amberes,
Liverpool, París, Praga. Pero no, Austerlitz tampoco es un libro de viajes.
Y
sobre todo, ante todo, están los edificios, las construcciones, los fuertes y
palacios, los tribunales de justicia, manicomios, cementerios, los muros
dispuestos en anillos, las habitaciones vacías, los patios interiores como
pozos donde no entra un rayo de sol, los pasillos, los túneles, los altos
ventanales junto a la luz oblicua que se cuela por ellos, los sótanos, las
bodegas, las escalinatas y escalerillas, las escaleras por las que se sube y se
baja continuamente, incluso en sueños, la verticalidad que se extiende en ambas
direcciones, hacia las majestuosas cúpulas de cuya vista Austerlitz no puede
apartar los ojos, pero también hacia los cimientos y más abajo aún, hasta dar
contra los huesos de aquellos cuya historia quedó sepultada bajo la “compulsión
del orden” y la “tendencia al monumentalismo” de una Europa esplendorosa, de un
progreso inexorable. Y aun con toda la erudición que exhibe, Austerlitz tampoco
es un tratado de arquitectura.
Así
podríamos seguir enumerando distintos géneros y subgéneros literarios pero
Austerlitz no casa cómodamente en ninguno, aun conservando algo de todos ellos.
Este es, sin duda, uno de sus grandes atractivos y una de las claves de su
originalidad.
3.
En
esta novela Sebald presenta el tiempo y sus mecanismos internos no solo como
parte de la temática principal sino también como sustento de la estructura
narrativa. La constante superposición de lugares e ideas, de recuerdos, las
laberínticas digresiones, alejan más y más al lector de la escasa acción
argumental, donde todo lo que ocurre podría reducirse a caminar, sentarse,
hablar y escuchar, sobre todo, escuchar. Con relatos desplazados y voces
diferidas, donde un narrador cuenta lo que ha oído decir a alguien que a su vez
reproduce de manera imperfecta lo que cree recordar que han dicho otras voces,
así se va urdiendo un entramado de largas oraciones donde conviven y se funden
distintas épocas, como ecos cada vez más lejanos y débiles que se van perdiendo
en la aparente fragilidad de una sintaxis casi onírica.
Sin
embargo, parece que la narración pretendiera desmarcarse por completo de
cualquier tipo de reducción del tiempo a la conciencia, de concepciones eminentemente
psicológicas como las que revolucionaron la narrativa durante la primera mitad
del siglo veinte (monólogo interior, flujo de conciencia). Mientras que en
Joyce o Proust la conciencia era tiempo que fluía como las aguas de un río y toda
idea que por libre asociación saltaba de un lado a otro de la línea
cronológica, seguía siempre conectada con el punto anterior por una línea
continua, Sebald, se propone superar justamente la idea de continuidad propia
del tiempo newtoniano: “Si Newton pensaba… que el tiempo era un río como el
Támesis, ¿dónde estaba su nacimiento y en qué mar desembocaba finalmente?... ¿cuáles
serían las orillas del tiempo?” La atracción del narrador por el detalle
naturalista parece responder a una visión crítica de cualquier interpretación
idealista o metafísica del tiempo, de donde se trasluce un desesperado intento
por reconstruir íntegramente una realidad que empezó a perder sus contornos a
finales del siglo diecinueve para culminar en su total disolución y descrédito a
finales del siglo veinte, periodo en que Sebald escribió sus obras.
En
Sebald el tiempo no fluye ni se yuxtapone sino que se superpone; no es una realidad
psicológica sino operante y como tal, no se manifiesta en un continuo devenir
sino en las marcas que va dejando en la superficie de la realidad tangible, en
los objetos, en los escorzos inmóviles de estos, en sus “grietas y torcidas
resquebrajaduras”, en los sutiles tejidos de la naturaleza, en sus texturas. Así,
son más bien los estados en que se encuentra la realidad en cada momento los
que, como fotos fijas superpuestas van creando la ilusión del movimiento, o bien,
como capas arqueológicas se van amontonando unos sobre otros en un mismo suelo,
donde la memoria se convierte en un ejercicio anacrónico de desenterramiento de
objetos cuya relación entre sí es siempre discontinua.
Lo
que interesa descubrir, por tanto, son las huellas del tiempo sobre realidades
estáticas, el movimiento capturado en la imagen fija, en el objeto inmóvil, en
el instante petrificado, en esas acciones especialmente dinámicas (el momento
de una caída, una pose involuntaria, el movimiento brusco de un córcel que
acaba de encabritarse…) que quedan de alguna manera congeladas en el tiempo de
forma que “ocurren siempre precisamente entonces”. En este sentido, las ideas
sobre el tiempo objetivadas en esta novela se acercan a la neurología actual, que
no concibe la conciencia como una experiencia fluyente y lineal del mundo sino como
una experiencia que más bien se da a trompicones, a retazos, convirtiéndose así
en un acto de creación más que de interpretación (Buonomano, Our Mind is a Time Machine). Estas ideas
se acercan también al modelo cuántico en que espacio y tiempo conforman un campo
granulado, donde no hay continuidad sino que las partículas de la realidad
aparecen, desaparecen, se superponen. En este sentido, podríamos hablar de una
aproximación casi microscópica al tiempo, a su particular rugosidad. Y de ahí
el ejercicio constante a lo largo de la novela de “texturización” del paso del
tiempo, como en esas fotos en proceso de revelado donde distintas texturas,
surgiendo de repente sobre el papel impresionado, son para Austerlitz “exactamente
como los recuerdos”.
Esta
texturización cobra sentido cuando comprendemos que en Austerlitz el tiempo íntimo
y subjetivo está siempre anclado en la realidad histórica. Austerlitz es una de
esas personas que han tenido la mala suerte de haber sido tocadas por la
historia y para quienes en un momento dado los fragmentos más aparentemente insignificantes
de la realidad se han vuelto decisivos. Hannah Arendt escribió sobre Walter
Benjamin que “con frecuencia una época marca con su sello a aquellos que han
sido menos influidos por ella, que han estado más remotos de ella y que por lo
tanto han sufrido más”. Precisamente, Austerlitz
es uno de aquellos que han vivido remotamente, como en suspenso, como los habitantes del pueblo inundado de Llanwddyn
que permanecen casi inmóviles bajo el agua estancada, en una especie de mundo ralentizado.
Recurrimos también a María Zambrano, quien intuyó el carácter temporal, más que
geográfico, de la gran fisura que aqueja al exiliado, el cual “se ha quedado
ahí, detenido sin reposar, en un lugar que ni lo envuelve ni lo sostiene.”
En
Sebald, esta suspensión del tiempo ha de entenderse en relación con las
llamadas “huellas del dolor”, las cuales remiten a una particular “metafísica
de la historia” donde no es el tiempo sino el sufrimiento lo que se constituye
como absoluto, un sufrimiento que no se disuelve
con el paso de los años sino que, como en un campo cuántico, desaparece y
reaparece según sea la índole de nuestro recuerdo. El Jean Améry detenido en 1943
es torturado una y otra vez cada vez que alguien piensa en ello, cada vez que
alguien distingue, en las grietas de los chatos muros de Breendonk, el horror
de lo que allí ha ocurrido. Así, el sufrimiento de los que ya no están se manifiesta
una y otra vez en la materialidad misma del mundo, lo que provoca a los vivos
la sensación de vivir entre fantasmas que, como los animales de un Nocturama,
nos miran desde el otro lado del tiempo, con los ojos muy abiertos, desde una extraña
claridad que es a la vez encierro.
Como
nos recuerda una vez más Zambrano, “todo lo que pertenece al pasado necesita
ser revivido, aclarado, para que no detenga nuestra vida”. Será efectivamente la
necesidad de este esclarecimiento lo que motive a Austerlitz a revivir lo ya
vivido, a volver literalmente sobre sus pasos. Y, en este ejercicio delirante
en que se solapan dos pasados, uno sobre otro, como dos negativos fotográficos,
Austerlitz recorre el mismo trayecto en tren que en 1939, a los cuatro años, le
llevó de Praga a Liverpool en uno de llamados Kindertransport.
4.
El
viaje en tren y muy particularmente las estaciones, ocupan un lugar central en
la novela y nos recuerdan constantemente que, en palabras del propio Sebald,
“todo está conectado a través del espacio y del tiempo”. Las estaciones
ferroviarias, con sus cúpulas, sus andenes abarrotados, sus pasos subterráneos
y puentes para peatones, sus salas de espera y sus relojes, son durante años el
objeto de estudio de Austerlitz, quien llega a desarrollar una verdadera "manía de las estaciones" relacionada con su "fascinación, perceptible ya pronto en él, por la idea de una
red, por ejemplo, de todo el sistema ferroviario” (34).
De
ahí que los momentos decisivos de la novela tengan lugar en estaciones. El
primer encuentro entre Austerlitz y el narrador ocurre la estación de Amberes,
particularmente, en una sala de espera con el significativo nombre de Salle des pas perdus. Allí, bajo un
“crepúsculo de inframundo” y rodeado de seres de expresión apesadumbrada que
parecen los “últimos miembros de un pueblo reducido, expulsado de su país o en
extinción”, está Austerlitz, quien sobresale entre los viajeros por ser el
único que parece estar despierto, con los ojos atentos en medio de ese extraño
purgatorio. De la misma forma, la despedida final tendrá lugar ante otra
estación, esta vez francesa, antes de que Austerlitz emprenda un viaje hacia
los Pirineos en busca de las huellas de su padre, quien como Walter Benjamin en
1940 y tantos otros, habría intentado huir de la Gestapo en esa dirección.
También
el momento de anagnórisis de la novela ocurre en una estación, cuando
Austerlitz, en una especie de epifanía, ve la imagen de un niño que es él
mismo, sentado en un banco mientras espera a dos extranjeros de lengua
incomprensible. Aquí la estación está profundamente relacionada con la memoria,
con el proceso mismo que hace posible el recuerdo, el cual se puede diseccionar
en diferentes planos, igual que un espacio arquitectónico. En este caso, la Ladies Waiting Room de la estación de
Liverpool, justamente por su disposición arquitectónica, contiene en sí misma
todas las horas del pasado de Austerlitz en un espacio que se extiende “por
toda la planicie del tiempo” y que se curva sobre sí mismo en “el más
improbable de los escorzos”, permitiendo que los recuerdos se entrelacen entre
sí “exactamente como las bóvedas laberínticas que creía reconocer en aquella
luz gris polvorienta y que se continuaban en sucesión interminable” (139).
Además,
las estaciones representan la decadencia que llevará a Europa a procesos como
los que determinaron el destino de Austerlitz. Históricamente las grandes
estaciones erigidas durante el siglo diecinueve como emblemas del progreso se
construyeron con el abundante capital fruto del colonialismo y a la vez, como
en un círculo vicioso, los trenes fueron la tecnología que permitió tal acopio
mediante el desplazamiento de materias primas y productos manufacturados tanto
en las colonias como en las metrópolis. Pero esos mismos trenes que
transportaban mercancías tendrían también un enorme papel no solo en los
movimientos migratorios, el traslado de seres humanos como mano de obra, el
desplazamiento de ejércitos para las guerras, sino también, a medida que
avanzaba el siglo veinte, en el exterminio de millones de personas, y por su
efecto, en el traslado de supervivientes, refugiados, desheredados de toda
condición, a través de enormes distancias.
Por
otro lado, la industrialización de las actividades humanas no hubiera sido
posible sin el otro elemento, el más importante, aquel que reinaba como
divinidad última “en el lugar más alto” de todas las estaciones con forma de
“aguja y esfera”. Particularmente, la introducción del tiempo mecánico en las
estaciones – ese tiempo que, con temblor amenazador iba cortando implacable del
futuro las sexagésimas partes de las horas mientras vigilaba como un verdugo
“los movimientos de todos los viajeros y, a la inversa, todos los viajeros
debían levantar la vista hacia el reloj y ajustar sus actividades por él” –
había supuesto un verdadero trauma para los habitantes de muchos pueblos y
pequeñas ciudades de Europa, especialmente tras la armonización de los relojes
a mediados del siglo diecinueve. A partir de ese momento, el tiempo de Newton –
vale decir, el tiempo ferroviario– reinaría de forma indiscutida sobre el
tiempo intuitivo que hasta entonces había sido diferente en cada población.
Paradójicamente,
serían una vez más las estaciones y los trenes los que plantarían la semilla de
una nueva concepción del tiempo y el espacio, cuando un joven Albert Einstein,
que en 1906 trabajaba en la oficina de patentes de Berna revisando precisamente
distintas propuestas de armonización de los horarios de trenes, constatara la
imposibilidad de sincronización de un tiempo que, como habían intuido ya en
muchas poblaciones europeas, efectivamente, no era el mismo para todos. Luego,
la estación simboliza también el fracaso del universo newtoniano y la primera
prueba operatoria de la materialidad de un espacio y un tiempo, por así decir,
granulados. Quizás por eso, para Austerlitz, cada desplazamiento en tren será
un viaje en el tiempo, y “la relación entre espacio y tiempo tal como se
experimenta al viajar” tendrá algo de ilusoria e ilusionista, por lo que “cada
vez que volvemos del extranjero, nunca estamos seguros de si hemos estado fuera
realmente” (16).
5.
En
efecto, nunca está claro, al recordar, si estamos en una situación de
cautiverio o de liberación, si hemos ido a parar al interior de una ruina – ya
carcomida y resquebrajada por el tiempo – o al de un edificio solo en proceso
de construcción que se proyecta por tanto hacia el futuro; y es que para
Austerlitz el camino hacia adelante conlleva siempre un movimiento de
retrogradación. De
su pasado solo se conserva esa única foto de un niño con un pelo rubio
espectral sobre un fondo indefinido que no despierta en él ningún recuerdo. Del
mismo modo, cuando repite el viaje de Praga a Liverpool, Austerlitz constata que
no conserva ni un solo recuerdo nítido de aquel otro trayecto recorrido más de
medio siglo antes. Los paisajes de una Alemania de pueblos limpios y edificios
ordenados no provocan más que confusión y “dolorosos puntos muertos en los que
ya no hay nada”. Quizás por eso, Austerlitz tiene el impulso de salir al andén
en la estación de Pilsen y fotografiar el capitel de una columna: “…lo que me
inquietó al verla no fue si las formas complicadas del capitel, cubiertas de
una costra de color morado, se habían quedado realmente en mi memoria cuando en
su momento, en el verano de 1939, pasé por Pilsen con el transporte de niños,
sino la idea, en sí absurda, de que aquella columna de hierro colado, en cierto
modo devuelta a la vida, me recordaba y, si se puede decir así, dijo
Austerlitz, daba testimonio de lo que yo mismo no recordaba…” (223).
Igual
que el grano de las fotografías antiguas que Sebald intercala en sus novelas
como contrapunto a la narración, o que el campo electromagnético donde el espacio-tiempo
conforma una nube granulada, la concepción del recuerdo como textura sugiere la
idea de que, si no podemos dar cuenta fehaciente de nuestro pasado, siempre
puede este, en su materialidad, erigirse como testigo de nuestro paso por él.
Porque en última instancia nos queda la posibilidad de que los objetos del
pasado sí se acuerden de nosotros, y de que, cuando miramos perplejos una foto
que nos interpela desde lo más remoto de nuestra infancia porque no recordamos
nada – ni cuándo se tomó, ni con quién estábamos, ni si éramos nosotros
realmente – siempre quede el objeto, en este caso, la rugosa materia fotográfica, cuya presencia de alguna manera nos confirma un yo sé que tú
has estado aquí.
Referencia:
“Austerlitz y el tiempo granulado” en 142 Revista Cultural, Barcelona, Abril, 2020.




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